UNA de las razones más poderosas que
ha llevado en Francia a votar no al Tratado
constitucional ha sido la «Directiva Bolkestein»,
ejemplo claro de que se quiere convertir esta Europa en
una Unión en clave de mercado, donde los capitales
circulen libremente y se desmantelen los sistemas de
protección social porque no suponen beneficios para las
grandes multinacionales. Una Europa de los mercaderes.
Esto es lo que estamos viendo en León
con el desmantelamiento de Antibióticos y de la mayoría
de las empresas de nuestra región. Dado que sale más
ventajoso para aumentar los beneficios de las grandes
empresas buscar mano de obra aún más barata, semiesclava,
una vez obtenidas las subvenciones de nuestros
impuestos, «emigran» a otros países donde pueden
encontrar condiciones económicas aún peores que lleven a
sus trabajadores y trabajadoras a trabajar por sueldos
de miseria o en condiciones de semiesclavitud
medievales.
¿Por qué no se regulan unas
condiciones internacionales donde se establezcan unas
condiciones mínimas dignas de contratos laborales? ¿por
qué se regula para privatizar y liberalizar todo en todo
el mundo a favor de las grandes empresas y no a favor de
unas condiciones justas para los pueblos y los
trabajadores y trabajadoras? ¿Por qué no se hace una
«Directiva Bolkestein» al revés, donde se exijan
condiciones mínimas a las empresas? Por ejemplo, que
devuelvan el dinero de las subvenciones si «emigran» de
las zonas donde se les concedieron, que tengan que
atenerse a normativas mínimas de salarios, convenios,
etc.
Esto parece que no está en la cabeza
de nuestros legisladores y legisladoras que sólo se
preocupan por los intereses de..., ¿quién? Francia
parece que tiene claro que es de las grandes
multinacionales y no del pueblo. Veamos qué es esto de
la «directiva bolkestein» y entenderemos qué implica. La
OCDE urge a España a una reforma laboral que disminuya
la protección para los trabajadores y las trabajadoras
con contrato indefinido (utilizando un circunloquio
expresivo: «flexibilizar el despido»). Según el
economista de este organismo, Miguel Jiménez, el coste
del despido es uno de los más altos en la OCDE y esto
tiene un gran impacto sobre la productividad española,
que es de la más bajas. Pero no sólo hay que abaratar el
despido. El informe sugiere cambios en la negociación de
los salarios, en particular en las cláusulas de revisión
automática. Hay que «reducir las rigideces de los
salarios», descentralizar la negociación colectiva y
establecer que la cláusula de adhesión a los convenios
del sector sea optativa, dice (El País, viernes 18 de
marzo de 2005, 59). Parece que se siguen las recetas
neoliberales en estos organismos al pie de la letra: los
beneficios para las multinacionales, las subvenciones a
costa de los impuestos de la ciudadanía para los
directivos y dueños de las mismas y la «competi tividad»
a costa de los salarios de los trabajadores y las
trabajadoras.
Porque en caso contrario, las
empresas amenazan con irse, con el despido de los
trabajadores y trabajadoras una vez que se han embolsado
las subvenciones multimillonarias. Se repite como una
cantinela constante: «si los salarios de nuestros
rivales son bajos, entonces habrá que insistir en la
moderación salarial; si las cotizaciones sociales elevan
los costes laborales totales, habrá que aliviar la carga
imputable a las empresas; si en los países localizados
en el centro y este de Europa se trabaja más horas, se
impone revisar la duración de la jornada de trabajo; en
fin, si las leyes que protegen los derechos de los
trabajadores y las trabajadoras dificultan el ajuste a
la baja de las plantillas o lo encarece, no hay otra
alternativa, aseguran, que diseñar un «entorno legal e
institucional más flexible».
Y es en este sentido en el que se
está legislando en el contexto del Tratado
Constitucional. La Unión Europea ha aumentado el horario
de trabajo semanal. El límite máximo establecido de 48
horas semanales ahora se convierte en la norma. De esta
forma las empresas se ahorran el pago de las horas
extraordinarias. Ya no se computa como jornada laboral
las guardias de bomberos o médicos, etcétera., que
conllevan estar localizables y disponibles, si durante
ella no han tenido que hacer alguna intervención. La
jornada de trabajo de 35 horas es actualmente un mito
olvidado. La conciliación de la vida laboral y familiar
ha quedado fuera del discurso de la competitividad. El
tiempo de dedicación a los hijos e hijas y la prevención
del fracaso escolar no son objetivos en una economía de
mercado, al servicio de los beneficios de las grandes
multinacionales. Derechos sociales conquistados
históricamente se están perdiendo ante la amenaza de la
deslocalización. Lo que lleva a la competencia a la
baja, al «dumping» salarial y social. Siempre se
encuentran trabajadores y trabajadoras que estén
dispuestos a trabajar más horas por menos dinero y con
menos derecho. Esta vía sólo beneficia a las grandes
empresas y a sus beneficios económicos.
El 13 de enero de 2004, la Comisión
Europea presentó un proyecto de directiva «relativa a
los servicios dentro del mercado interno» cuyo objetivo
declarado era el de «terminar con la cinta roja que
reprime la competitividad de Europa». Esta directiva es
la traducción pura y simple de los planes de
liberalización que los EE.UU. tratan de forzar en la
Organización Mundial del Comercio a través del Acuerdo
General sobre Comercio y Servicios (AGCS). El texto,
propuesto por el Comisario Frits Bolkenstein (y conocido
como «directiva Bolkenstein») supone la plena
liberalización de todos los servicios. El proyecto de
directiva afecta a todos los servicios. Con la excepción
de los transportes, las telecomunicaciones, los
servicios bancarios y los servicios ofrecidos
directamente por los gobiernos a coste cero. Pero hay
que señalar que las telecomunicaciones, los transportes
y los servicios financieros ya han sido liberalizados
por directivas específicas. Con la excepción de los
servicios policiales, judiciales (excluyendo abogados y
abogadas) y las fuerzas armadas, ningún servicio público
sería gratuito. La directiva es, en consecuencia,
aplicable a los servicios públicos. De este modo, la
sanidad, educación, cultura, medios audiovisuales, los
servicios prestados por las autoridades locales, serán
considerados como una mercancía que depende
completamente de las leyes del mercado.
Esta «Directiva Bolkestein» organiza
claramente lo que podríamos llamar «dumping social» de
acuerdo a su segundo principio: el del «país de origen».
Este principio significa que los proveedores de
servicios estarán sólo sujetos a las normas de su país
de origen, y no a las leyes del país en que prestan sus
servicios. Es más, a los otros estados miembros en los
que actúan o suministran servicios no se les permitirá
imponer restricciones o controles de ningún tipo. La
Comisión pretende eliminar incluso el registro
obligatorio en caso de que una empresa abra su negocio
en otro estado miembro.
A largo plazo, las consecuencias de
la directiva amenazan con ser catastróficas para todos:
Amenazan con animar las prácticas de dumping a nivel
social, fiscal y medioambiental. Las conquistas
sociales, estarán bajo presión: rebajas salariales,
prolongación jornada laboral, más flexibilidad. La
salud, la educación, la cultura y los servicios
audiovisuales se convertirán en una pura mercancía. Los
servicios del sector público corren el riesgo de verse
automática e irrevocablemente privatizados y/o
liberalizados.