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Resumen:
Narra la historia de un vate que además es detective
aficionado. Lo que debía ser un encuentro ritual entre
prestigiosos miembros de las letras nacionales se convierte
en algo turbador al aparecer asesinado de una puñalada en el
corazón uno de los poetas participantes. Nacho Arán, poeta y
meteorólogo, llega al congreso poco después de que se haya
producido el crimen, por lo que está libre de sospecha y
podrá dedicarse a husmear entre el resto de los asistentes.
Pronto descubrirá que casi todos ellos tienen algo contra el
muerto, y se dará cuenta de que el refinamiento intelectual
y la supuesta sofisticación de la cultura no sirven como
vacuna contra el mal y las pasiones violentas, contra el
odio y el deseo de venganza... "Hay una señora mecenas viuda
de un egregio poeta, que convoca una reunión poética en un
cigarral en Toledo y allí las cosas se complican con un
asesinato", explicó la autora quien además agregó que su
novela es "un homenaje que yo me doy gracias a Agatha
Christie".
Análisis: La trama está bien soportada por esa
cimentada estructura que deviene de la novela detectivesca,
preñada de “lo que parece que es, no es” o “piensa todo lo
contrario y darás con el asesino”, cuyos mayores valedores
ya fundaron y casi agotaron su temática durante el siglo XX
(A. Christie, George Simenon), y cuyo entorno, siempre
detectivesco, lo protagonizan seres de la alta sociedad,
refinados y abyectos en su cínico esnobismo, por lo que sus
crímenes resultan más plausibles. Digamos que “Muerte entre
poetas” recuerda en parte a “Asesinato en el Orient
Express”, por lo que tiene de concurrentes con motivos
suficientes como para haber asesinado a un tipo, pope de la
literatura mediática e institucional, Fabio Arjona, finado
sobre el cual gravitarán los diferentes personajes de la
historia, con su intrahistoria personal de deslealtades,
deshonras y traiciones dolosas de un cierto peso con sabor a
muerte. No tenemos a un Hercule Poirot, sino a Nacho Arán,
meteorólogo por obligación, poeta diletante por distracción,
y detective aficionado por hastío. Un individuo algo gris,
arquetipo del hombre medio de la calle, que se convertirá
(con la inestimable ayuda de su tía Pau, maruja detective)
por arte de lo casual, en el portador de confidencias y
secretos oscuros que los infatuados o pomposos invitados a
la farándula lírica le dejen como semillas expiatorias de un
pasado tumultuoso con el malogrado Fabio.
La prosa de Ángela Vallvey adolece de una estructura
narrativa algo previsible, con poca desenvoltura ante los
eventos cronológicos, es como si su imaginación se
constriñera a su horizonte, y le dijera, por aquí hay que
seguir, pero a veces, una buena narración no debe conducirse
por lo que el escritor imagine, sino por lo que crea que
deseen sus potenciales lectores. Alguna vez, la autora nos
sorprende con alguna pirueta, se ve que por romper la voz
monocorde que guía al lector, y deslizarse por intentos de
efectismo, que alguna vez logra: por ejemplo el juego de
vueltas retrospectivas con que la memoria de sus
protagonistas (como rudimento narrativo, ya digo) pero que
termina por descubrirse pueril o incluso simple, anulando
tantas veces la elipsis por saturación explicativa o
aturdiendo al lector con conatos de conversación realista,
sin ribetes, pero decayendo otras en comentarios mendaces y
sin embargo poco verosímiles; dando datos sobre obviedades,
o trayendo a colación metáforas exangües de su original
esencia, por fabricarlas en momentos, a mi entender,
equivocados (sobrantes por cursis o inapropiadas, en
resumen).
No todo son críticas, diremos a favor de esta novela
finalista del crematístico premio Planeta, que el argumento,
en su corte, es bueno, que la sintaxis es casi siempre
exacta. Angela Vallvey pretende demostrar esa faceta
embozada en el propio submundo de la literatura y la
cultura, que es la de las sombras de poetas, poetastros,
ambiciosos o escritores con pocas ventas que conjuran contra
otros en pro de su codicia, pretende denunciar esos
cenáculos literarios, impostados de “lumbreras” y “genios”,
infectados por toda una morralla de rivalidades, puñaladas y
envidias, nunca sanas. Quiere con ello hacer descender de su
panteón a los más eximios poetas y literatos, sobre todo
institucionales, reuniéndoles bajo el pulso ineluctable de
la humanidad, que en este caso es el pulso irremisible de la
muerte, que a todos nos iguala, desmitificando así un mundo
aparentemente inocuo pero pérfido y bulímico de vanidad, de
egos enviscados con fruición en su particular delirio de
endiosamiento, más allá de la nada distinguida y muy
ordinaria vanidad.
Como digo, se trata de una novela con un argumento
interesante, sin embargo uno tiene la sensación de estar
leyendo un relato que terminó por convertirse en novela;
he leído relatos tan densos y apasionantes que bien pudieran
haberse transmutado en novela, en el caso que nos ocupa es
todo lo contrario: un relato de unas diez páginas hubiese
realizado la misma función condensándose su historia en la
confortable síntesis de un relato; por tanto, le sobra
relleno el cual le hace convalecer a la novela del misterio
que pretende medular su trama.
Licenciada en Historia Contemporánea
por la Universidad de Granada, aunque cursó también
estudios de Filosofía y Antropología. Su carrera comenzó
como escritora de novela juvenil, escribiendo más tarde
poesía. En 1999 obtuvo el Premio Jaén de Poesía por El
tamaño del universo y en 2003 el Premio Nadal con Los
estados carenciales. Su obra está impregnada de
optimismo y de una visión femenina y sarcástica del
mundo. Rafael Azcona escribió un guión sobre A la caza
del último hombre salvaje que no llegó a ser rodado.
Junto a su faceta de escritoria, es habitual en
tertulias políticas de los medios de comunicación. Así,
participa en el programa de radio Herrera en la onda,
desde 2005 y en los de televisión Madrid opina y Las
mañanas de cuatro desde 2007. Su novela Muerte entre
poetas, quedó finalista del Premio Planeta en 2008.
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