IZQUIERDA UNIDA DE SAN ANDRÉS DEL RABANEDO (LEÓN)

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Kafka en la orilla

Haruki Murakami

Trad. del japonés Lourdes Porta. Tusquets. Barcelona, 584 páginas

 
Kafka en la Orilla Kafka en la Orilla,
de Haruki Murakami

Resumen de la contraportada: Kafka Tamura se va de casa el día en que cumple quince años. La razón, si es que la hay, son las malas relaciones con su padre, un escultor famoso convencido de que su hijo habrá de repetir el aciago sino del Edipo de la tragedia clásica, y la sensación de vacío producida por la ausencia de su madre y su hermana, a quienes apenas recuerda porque también se marcharon de casa cuando era muy pequeño. El azar, o el destino, le llevarán al sur del país, a Takamatsu, donde encontrará refugio en una peculiar biblioteca y conocerá a una misteriosa mujer mayor, tan mayor que podría ser su madre, llamada Saeki.

Si sobre la vida de Kafka se cierne la tragedia -en el sentido clásico-, sobre la de Satoru Nakata ya se ha abatido -en el sentido real–-: de niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un extraño accidente que lo marcaría de por vida. En una excursión escolar por el bosque, él y sus compañeros cayeron en coma; pero sólo Nakata salió con secuelas, sumido en una especie de olvido de sí, con dificultades para expresarse y comunicarse... salvo con los gatos. A los sesenta años, pobre y solitario, abandona Tokio tras un oscuro incidente y emprende un viaje que le llevará a la biblioteca de Takamatsu. Vidas y destinos se van entretejiendo en un curso inexorable que no atiende a razones ni voluntades. Pero a veces hasta los oráculos se equivocan.

Pasado y presente, sueño y vigilia, se funden y solapan creando una atmósfera en la que resulta difícil discernir deseo y pesadilla. Pero Kafka en la orilla es también una versión inusitada de la tragedia clásica pasada por el tamiz de una sensibilidad moderna, impregnada de su distanciamiento oriental y su desbordante imaginación, y salpicada de referencias culturales contemporáneas, música, sensualidad y un fino sentido del humor.

Kafka en la orilla, considerado libro del año 2005 por el New York Times, resulta ser una de esas novelas excesivas en todo. Aunque la novela se inicia con gusto lo cierto es que poco a poco va ganando terreno la irritación y la molestia por los excesos absurdos del relato. Este tipo de personajes, envueltos en un sin fin de peripecias fantásticas, malogran en parte otros aciertos de la novela: su enorme capacidad de evocación, el excelente dominio del diálogo, la poderosa magia verbal y oficio del autor. Pero son tantos los excesos imaginativos, algunos gratuitos, que se malogra el resultado final, cuando la historia va de acá para allá, de un símbolo a otro, de manera incesante, hasta la saturación final. Habrá quienes digan que eso es lo que hace atractiva la novela, su universo indescifrable, las continuas referencias al mito, la elevada altura de miras sobre el plano meramente racional y cotidiano, pero a mí tanto postmodernismo me quita las ganas lectoras y me lleva al terreno opuesto, a no sentir verdadero aprecio por las cuitas de esos personajes, a dejar de involucrarme en sus proyectos vitales; estoy por decir que me resultaron mucho más seductores algunos caracteres aparentemente secundarios como Saeki u Oshima, incluidos ciertos gatos. En cambio, tanto Kafka Tamura como Nakata, cada uno a su manera, me parecen un tanto necios y plastas. Sobre todo lo reiterado de algunas precisiones insistentes y pormenorizadas de sus rutinas gastronómicas o higiénicas. Y ni tan siquiera el aparente deseo de asistir a la ceremonia final del encuentro de ambos consigue mantener vivo el interés por el libro. El anciano puede seguir hablando con los gatos y adivinando lo que lloverá del cielo, y el adolescente puede seguir buscando lugares de acogida, toqueteos corporales y comidas baratas. Para cuando eso sea un lugar común el lector ya habrá renunciado a interesarse por ellos. Es un libro, en suma, que invita a un lento pero progresivo abandono del mismo. A lo mejor hay que seguir el consejo del autor: “la clave para entender la novela está en leerla varias veces”. No soy tan temerario, valiente ni paciente para cumplir con tal consejo.

Finalizar con la frase que más me ha impactado: "Quiero que te acuerdes de mí. Si tú me recuerdas, no me importará que el resto del mundo me olvide" (reiterada en la pág. 551 y en la pág. 583).

Haruki Murakami

Leer una obra de Haruki Murakami (Kyoto, 1949) constituye una verdadera experiencia. «Kafka en la orilla» es un libro de voces múltiples. Va desde la narración en primera persona hasta el «parte militar» de un suceso ocurrido en 1946. Los capítulos entre los dos personajes centrales se alternan y así la historia de uno avanza por la percepción de lo narrado por el otro.

El nombre del libro, como otros títulos de Murakami, es enigmático. Es el nombre de una canción que canta una de las protagonistas, y es la descripción de un cuadro que guía una de las historias, y es, también, el nombre de uno de los personajes, y además existe un personaje, «El joven llamado Cuervo» (Kafka en checo significa cuervo). Pero no es posible dejar de pensar en el sentido más kafkiano de la transformación de los personajes que se duermen para soñar realidades donde son otros.

Construye una espiral doble con dos personajes que están en búsqueda de sí mismos o, mejor dicho, buscan el verdadero significado de su identidad. Uno, Kafka Tamura, a través del amor y la necesidad de huir de una predicción edípica de su padre. Al llegar a Takamatsu se instala en un hotel, pasa sus días leyendo en una exclusiva biblioteca privada. Termina por hacerse amigo del peculiar bibliotecario, Oshima, un hombre que vive en el cuerpo de una mujer, y quien le ofrece un trabajo como asistente suyo. Cuando vive instalado en una habitación de huéspedes de la biblioteca, se hace amante de la jefa de la misma, la madura señora Saeki, aunque primero pierde la virginidad con el fantasma de ésta cuando tenía quince años. La amante tiene una historia curiosa, entre otras cosas, durante su juventud se hizo famosa y rica con una canción, titulada precisamente Kafka en la orilla. Quizás, no se sabe bien, pero la señora Saeki pudiera ser su madre. Cuando la policía viene a buscar a Kafka, Oshima lo lleva a un refugio en las montañas. Así la escapada del muchacho, que huye de su padre por haberle separado de su madre, se empareja con la búsqueda de identidad más profunda del travesti.

El otro personaje, Nakata, adulto mayor que de niño cayó en coma y quedó con cierto retraso. Ahora puede hablar con los gatos y está buscando la mitad de su sombra porque no es tan obscura como la de las demás personas. Este personaje, ya sesentón, efectuará el mismo viaje que Kafka a la remota isla, tras asesinar al padre del protagonista, que en momentos de demencia mataba gatos y guardaba sus cabezas en el refrigerador. Tras el asesinato pierde la habilidad de hablar con los gatos, pero adquiere el don de conseguir que lluevan peces del cielo en el momento oportuno.

El autor sigue buscándose (en esto, ha asumido plenamente la cultura norteamericana, en donde la mayoría de adolescentes y aún mayores, siguen en esa fase egocentrista y privada de buscarse a sí mismos, en vez de hacer algo por los demás), igual que sus personajes y, además mantiene sus componentes obsesivos: heridas de amor, personajes desaparecidos, gatos portadores de mensajes, amores inalcanzables, música, personajes extraños (en este caso, el «Colonel» Sanders de kfc, y Johnnie «Walken» del whisky) y sucesos aún más extraños como una lluvia de sardinas y otra de sanguijuelas. Tampoco deja de lado sus habituales referencias literarias: Hegel, Tolstoi, Chéjov, Shakespeare, mezcladas con un lenguaje lleno de marcas, relojes Casio y Rolex, coches BMW y Toyota, las pegatinas del imaginario de la sociedad de consumo. A la vez, sus personajes existen en un mundo caracterizado por su inestabilidad psicológica; unas veces viven traumatizados por asuntos personales, mientras en ocasiones experimentan circunstancias paranormales, provenientes de un entorno donde ocurren cosas extrañas. Estos seres de ficción no se hacen a sí mismos; la casualidad y el impulso guían su conducta, configurando una personalidad paradójica.

El autor, hijo de un sacerdote budista y de una maestra de literatura japonesa, creció en Kobe. Además de estudiar teatro en la universidad, trabajó en una compañía discográfica y fue propietario de un bar de jazz. Su pasión por todo lo norteamericano le llevó a mudarse a Estados Unidos. Con Norwegian Wood (1987), que en España apareció con el título de Tokio Blues en 2005, Murakami saltó a la fama, vendiendo más de un millón de ejemplares.

El fuerte de Haruki Murakami no es escribir historias bien construidas ni creíbles. Nos  mete en un espacio puramente imaginativo. Pero no por ello menos cargado ideológicamente. Refleja perspectivas y situaciones que, en ocasiones, no tienen nada que ver con el relato y parecen sólo puestas ahí para expresar sus propias fobias y críticas, sin venir a cuento. Por ejemplo, entre las páginas 222 y 229, hace una crítica burda de dos mujeres que representan un feminismo estereotipado a la manera que Haruki lo debe entender. Son los personajes representados de forma más hiriente de toda la novela y con una carga peyorativa difícil de encajar en una trama a la que no aportan nada y que parecen puestas únicamente para verter un ácido amargo sentido por el autor. Igualmente, cuando habla de "las mutuas represalias entre israelíes y palestinos", como si el pueblo palestino pudiera tomar represalias mientras está sufriendo indefenso un genocidio.

 

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