IZQUIERDA UNIDA DE SAN ANDRÉS DEL RABANEDO (LEÓN)

Inicio > Espacio Literario > Libros
 

El lado oscuro del amor

Rafik Schami

Barcelona: Salamandra, 2008. 827 páginas

 

Resumen: Corre la década de los sesenta en Damasco cuando el joven Farid conoce a la hermosa e inteligente Rana. La atracción mutua es irresistible, pero, para su desgracia, pertenecen a familias cristianas que se odian a muerte: los Mushtak, católicos, y los Shahin, de tradición greco-ortodoxa. Desde el primer momento, la relación entre los jóvenes se convierte en un desafío inaceptable a la ley de los clanes rivales, un amor condenado a la clandestinidad y el exilio. La suerte de los amantes a lo largo de varias décadas concita una nutrida galería de personajes difíciles de olvidar. Y como formidable marco de esta historia está Damasco, ciudad misteriosa y fascinante, que palpita en estas páginas a través de una visión íntima pero certera de una cultura marcada por las convulsiones políticas y religiosas, y de un mundo en el que el valor del individuo queda relegado ante el poder omnipresente de la familia.

Análisis: Tesela a tesela, Schami ha compuesto un impresionante mosaico de Oriente Próximo, desde el fin del imperio Otomano hasta nuestros días, un panorama de enfrentamientos y revueltas, tramas secretas y dictaduras que abarca desde Siria al Líbano, pasando por la diáspora en Arabia, Europa y América. Algunos textos especialmente interesantes de este mosaico:

"-¡Santa María, oye mi ruego! Pongo en tus manos esta alma dulce que murió inocente. Inocente -repitió Samia, alzando la voz-, porque siguió el amor. Su corazón latía por Jesús, que nos enseñó a amar a nuestros enemigos, y entonces vinieron los asesinos y la mataron por amar a un extranjero. ¿Y ahora nos piden que recemos por los asesinos, que matan a los amantes en nombre del honor? ¿Qué honor es ése? ¿Qué honor es? -gritó Samia con voz rota y mirando al obispo, que, en el altar, se había convertido en una pálida figura petrificada-, ¿Qué honor es ese que no busca a los hombres en el campo de batalla, sino a una mujer a la que desprecian por completo? ¿Qué honor tienen los asesinos que me han arrebatado a mi hija, que me la han robado para siempre? ¿Quién les otorgó el derecho de poner fin a una vida? ¿La religión? ¡No! Una religión que separa a las criaturas de Dios es obra del diablo. (...) El obispo prosiguió valientemente el oficio antes del cortejo fúnebre. Y cuando la vieja ama de llaves del obispo tronó contra Samia durante la cena y la llamó 'vieja loca', la respuesta del obispo la sorprendió más aún que la encendida alocución de la viuda. -Samia Shahin me ha enseñado más con su discurso que cinco años de Teología- dijo" (pgs. 158-159).

"Nagib miró a su hija de reojo y se echó a reír. -¿Por qué el amor tiene que estar ligado a la posesión? -preguntó, y sacudió la cabeza. Luego calló un rato, como si se preguntase qué podía añadir. Claire le dejó tiempo-. Hay que vivir relajadamente -prosiguió él-. El amor debe elevarte. Te hace capaz darlo todo sin perder nada. Esa es su magia. Pero entre nosotros la gente quiere firmar un contrato matrimonial con testigos. Imagínate, con testigos, como si se tratara de un delito -repitió lentamente, para que ella entendiera bien hasta qué punto era ridículo--. El Estado y la Iglesia vigilan el contrato. Eso no es amor, eso es un mandato de reproducción emitido por las instancias superiores. -Sonrió a sus propias palabras-. Y hasta el último idiota, que no sabe sumar dos y dos, sabe que cuando quiere a alguien no sólo quiere poseer su alma, sino también su cuerpo. Vigila celosamente que ni su corazón ni su cerebro, ni su hígado ni su estómago ni su... -titubeó- bien, ya me entiendes, sean tocados por ningún pensamiento, sentimiento o mano ajenos. Los celos y la desgracia están programados. Se quedaron sentados en silencio y Claire contempló a su padre, que tomaba su helado sonriendo. «Qué hombre tan sabio», pensó. Le pareció un visitante de otro mundo, alguien que había encontrado la paz. Ella misma pensaba de otro modo, a ella sí le importaba que alguna mujer soñara con su prometido o él se le insinuara. Una semana después de la conversación en la heladería, su padre fue detenido. Había estafado grandes sumas de dinero al banco en que trabajaba desde hacía cinco años. Pasó muchos años en prisión, hasta que una intervención del patriarca católico dio fruto. Pero jamás fue absuelto. Ni siquiera por su mujer. Pero eso a Nagib le era indiferente" (pg. 196).

"Laila consideraba que el boxeo era el deporte más necio. -En él, los hombres elevan ala categoría de arte su inclinación a pegarse -decía cuando Farid le hablaba de cómo él y su abuelo habían presenciado en primera fila un combate de boxeo" (pg. 270)

"Todo aquello poseía la atracción magnética de lo prohibido. Por razones de seguridad, tenía como todos los demás un alias y acudía regularmente a sesiones de instrucción. Allí sólo encontraba chicos que, como él, procedían de familias ricas. Los escritos de los comunistas hablaban de trabajadores y proletarios, pero en todos esos años él no conoció ni uno. Eso no le gustó. ¿Por qué en Rusia, Inglaterra y Alemania los trabajadores podían salir a la calle tan conscientes y combativos, iniciar una huelga e incluso formar algo que llevaba el nombre de movimiento obrero, y en su tierra andaban temerosos y serviles de casa al trabajo y del trabajo a casa? Cuando propuso en su célula del partido ilustrar a los trabajadores sobre el comunismo, le advirtieron que no lo intentara siquiera, que sólo conseguiría asustar a la gente. Habló de ello con los miembros de su antigua banda, Rasuk, Azar, Suleimán y josef, y no obtuvo más que un rotundo rechazo. Josef fine el único que le compró la revista ilegal del partido, Juventud. Los otros ni siquiera quisieron tocarla. Pero Farid sentía que ése era el camino correcto. En los primeros años estaba lleno de impaciencia, y creía realmente que la Revolución estaba en puertas. En sus sueños de vigilia, se imaginaba asaltando junto a Rana algún palacio, en el que sorprendidos dictadores, señores feudales, y curiosamente también sacerdotes católicos, pedían clemencia. Se le llenaban los ojos de lágrimas ante la idea de plantarse ante los vencidos, mostrarse clemente con ellos y enviarlos a todos a una comuna agrícola, para que de una vez tuvieran que alimentarse de los frutos de su propio trabajo. Pero cuando hacía la menor alusión en ese sentido a Josef, éste se reía de él. «Mal cine ruso», era su lapidario comentario. (…) Durante esas semanas pasó largas noches en vela pensando en por qué los hombres no luchaban por su liberación. Los principios del socialismo que él había leído eran reveladores, y no estaban lejos de las ideas de Cristo..." (pgs. 488-489).

¿Qué lleva entonces al éxito el sempiterno recurso del amor prohibido, la vieja trama presente en todas las culturas y encarnada por celebérrimos amantes desgraciados como Romeo y Julieta en Occidente, y Maynun y Laila en el imaginario romántico árabe? Quizá la respuesta hay que buscarla en la pericia narrativa de un autor en evidente plenitud, capaz de injertar estilos diferentes, y envolverlos con mimo en los grandes dilemas que atribulan al hombre, para contar no sólo la tragedia y el triunfo del amor, sino también para dibujar con un trazo lacerante el devenir de los árabes a lo largo del siglo XX. En la novela de Schami, a la que el narrador sirio dedicó tres décadas de su vida y numerosos borradores que jamás fueron leídos, se condensan las obsesiones universales que este químico inmigrado esbozó en su primera gran composición, Un puñado de estrellas, novela de tintes políticos aparecida en 1987: en aquel "diario de un joven damasceno", trufado de elementos autobiográficos -recurso que se repite en El lado oscuro del amor-, Schami ya contraponía la amistad y la traición; la acción política y el escepticismo; la corrupción y el falso patriotismo árabe; la censura y los derechos humanos; el conflicto social y la solidaridad vecinal; la rancia moralina y los instintos naturales; el valor y el miedo; el amor en toda su expresión versus el odio irracional tribal. Todos ellos relucen ahora "en la novela de su vida" hilvanados en una sucesión armónica de estilos que se integran con maestría en casillas irregulares, como si de un gran tetris literario se tratase.

"La fe raras veces mueve montañas, pero la superstición siempre mueve pueblos enteros" (pg. 527).

En El lado oscuro del amor, este gusto del escritor por la diversidad narrativa alcanza el paroxismo argumental y estético. A lo largo de los 300 relatos que integran los 28 capítulos que componen los nueve libros en los que se divide la obra, el lector en ocasiones se siente sumergido en una de las grandes novelas hispanoamericanas, otras cree escuchar los ecos de la narrativa oral de las mil y una noches; los cuadros costumbristas del realismo europeo o el mejor tono de denuncia de la literatura de combate. "Cada tesela debe ser compacta y estar bien delimitada; la poesía emerge al unirlas, al combinar los colores", argumenta Schami.

"fue a ver a Laila, y le sorprendió encontrar la casa llena de visitas: más de doce mujeres que bromeaban y hablaban todas al mismo tiempo. La prima de Fase movía entre ellas como una reina, y todas la adoraban. Entonces, una de las presentes pronunció un breve discurso sobre la mujer árabe en la época preislámica. La oradora hablaba de manera muy
confusa. Además, muchas frases eran terriblemente complejas, pero Rana entendió al menos que antes del Islam las mujeres del desierto elegían ellas mismas a su pareja. También se sentaban entre los hombres, intervenían en las conversaciones y no llevaban velo. Los hijos recibían el apellido de la madre, y no el del padre. Al profeta Mahoma se lo llamaba la mayoría de las veces por el nombre de su madre, y raras veces por el de su padre. Por eso se llamaba Muham-mad bim Amina. El hombre siempre se unía a su compañera, y no al revés. La mujer podía separarse de él cuando dispusiera. Era muy fácil, no tenía más que cambiar la orientación de la entrada de su tienda. Y una cosa más: podía casarse hasta con diez hombres. A eso se lo llamaba matrimonio comunitario" (pg. 593).

"La felicidad consiste muchas veces en aplazar la desgracia" (pg. 545).

Es quizá en esta última celdilla reivindicativa del gran panal donde mejor se percibe la madurez compositiva de este autor árabe que ha renunciado a la versatilidad de su lengua materna para enjaular la disección de su cultura de origen en la aparente rigidez del verbo germánico. Su pluma se afila para dibujar una acerada y elegante crítica de la sociedad árabe, alejada de los estereotipos a los que estamos acostumbrados en Occidente. Disfruta del privilegio de la equidistancia que le otorga su propia experiencia como emigrado. La acción sucede en la Siria de la primera mitad de la pasada centuria y en el Damasco del socialismo árabe y los golpes de Estado. Pero igual podría haber sido El Cairo o Bagdad de aquellos mismos días. Su relato rompe tabúes y desciende a la cotidianidad. Los conflictos religiosos quedan relegados y cobran protagonismo las tradiciones ancestrales. Lo que interfiere el amor de Farid y Rana no son las creencias, sino el linaje, "que desde hace dos mil años rige el día a día de los árabes". La corrupción y la sevicia no entienden de dioses, sino que parecen atributos innatos. El honor como principio obsoleto no es patrimonio exclusivo de una comunidad, sino que los árabes, tanto musulmanes como cristianos, lo han colocado entre las piernas de las mujeres, llega a decir el autor en uno de sus mejores pasajes, mientras se dejan manipular por las potencias extranjeras en sus propios países. La desgracia de los árabes reside en su propia incapacidad y su vena cainita. Dotado de una ágil ironía, uno de los personajes de la novela asegura "comprender todas las desgracias de los árabes" cuando "tres sirios ayudan a un francés corrupto y cobarde a torturar a un compatriota".

"Ella lo consoló cuando él le confesó su cobardía al no haber tomado las armas con los radicales. Laila consideraba que su decisión era muy razonable. -Y la razón -añadió es hermana de la cobardía. En tiempos de guerra, a los hombres sensatos no se les ha perdido nada en el frente. -Desprecio a los héroes que siembran la muerte, aceptándola para ellos en vez de proteger la vida" (pg. 671).

"Nayia estaba completamente perdida en su familia. La única chica entre siete varones. Nadie le había prestado atención, pero a los diecisiete se había casado su primo y desde entonces tenía que atender a sus ancianos padres y a cuatro hermanos solteros. Era sumisa y seguía a su marido como el perro a su amo. Nayia leía en los ojos de su esposo todos sus deseos y hacía como si ella misma hubiera planteado la propuesta. Su marido la recompensaba por ello. -Bravo, perrita, bravo -susurró Rana, y rió. Salpicó a un gorrión que observaba curioso desde el alero. El pajarillo salió votando como un rayo. -Y mi madre? Ahora se entera de que mi padre no la quiere -le dijo al gorrión-. Y tiene razón, ¿quién puede querer a una olla reluciente que tintinea porque está vacía? Yo ni siquiera me siento como una olla. Soy el cubo de basura de mi marido. Rió entre dientes y trató una vez más de producir el arco iris. Después de varios intentos, se inclinó por encima del jazmín, en la baranda de la terraza. No se dio cuenta de que el agua llovía sobre la calle. -Pero al menos yo sé que no quiero a mi marido. Dunia me pone nerviosa con su artificial afecto por el suyo. Dice que se sacrifica por él. Y cuando le pregunto qué sacrifica se pone a farfullar, y lo único que saco en claro es que se ha convertido en una mezcla de buena ama de casa y puta barata" (pg. 677).

"Cuando la mariposa ve la luz por primera vez, lo olvida todo salvo que puede volar" (Pg. 795).

"más allá del acto de venganza. Obtenía su fuerza narrativa de la fascinación de una mujer que se había atrevido a hacer como los cactus: sobrevivir al desierto y florecer después. En árabe, la palabra «paciencia» está relacionada con valor y resistencia, no con aguante. Sabr significa a un tiempo paciencia y cactus" (pg. 822).

Pero aun así, Schami insiste en que El lado oscuro del amor es, sobre todo, "una novela de amor". Un ejercicio vital en el que desgrana una obsesión personal: "El gran tema del amor prohibido en la cultura árabe. El pasado y el presente árabe", asegura, "no pueden comprenderse sin tener en cuenta la prohibición del amor". El entorno político, la sucesión de dictadores, la podredumbre de los servicios secretos no parecen más que aditivos llevados al relato con la misma misión que desarrollan en el mundo real, "subvertir. Pero eso no convierte la novela en política... Esta novela pretende hablar del amor cuando éste se encuentra en las peores condiciones. Los militares, las cárceles y los políticos son escenarios y requisitos ineludibles. Del mismo modo que el agua aparece en una novela de pescadores, los partidos y los políticos están presentes en los acontecimientos de mi novela". Si, además, se logra deslizar un barniz didáctico, el círculo se completa.

Rafik Schami

Nacido en Damasco en 1946, año en el que Siria proclamó su independencia de Francia, Schami es una celebridad en Alemania, sin apenas eco en su tierra natal y con escaso recorrido en el resto de los países que tejen el complejo tapiz de tradiciones de Oriente Próximo. Ariete de la denominada Migratenliteratur o literatura inmigrante, sus libros, escritos en la lengua del país que en 1971 le acogió para doctorarse en Química, siempre han gozado del favor del público. Durante su juventud colaboró como editor y co-autor de un diario mural del barrio antiguo de Damasco. En 1971 se trasladó a la República Federal Alemana para estudiar química. Es autor de una larga producción literaria que comenzó en 1965 y que lo ha consolidado como uno de los grandes narradores contemporáneos. En 1985 recibió el premio Adelbert von Chamisso y al año siguiente el Thaddäus Troll.

 

Correo-e

Leer un fragmento

 

IU San Andrés del Rabanedo (León)
Inicio | Contacto | Mapa | Ayuda | Afiliaciones |        
Optimizado a 800 x 600 pixeles