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Resumen: Corre
la década de los sesenta en Damasco cuando el joven Farid
conoce a la hermosa e inteligente Rana. La atracción mutua
es irresistible, pero, para su desgracia, pertenecen a
familias cristianas que se odian a muerte: los Mushtak,
católicos, y los Shahin, de tradición greco-ortodoxa. Desde
el primer momento, la relación entre los jóvenes se
convierte en un desafío inaceptable a la ley de los clanes
rivales, un amor condenado a la clandestinidad y el exilio.
La suerte de los amantes a lo largo de varias décadas
concita una nutrida galería de personajes difíciles de
olvidar. Y como formidable marco de esta historia está
Damasco, ciudad misteriosa y fascinante, que palpita en
estas páginas a través de una visión íntima pero certera de
una cultura marcada por las convulsiones políticas y
religiosas, y de un mundo en el que el valor del individuo
queda relegado ante el poder omnipresente de la familia.
Análisis: Tesela a tesela,
Schami ha
compuesto un impresionante mosaico de Oriente Próximo, desde
el fin del imperio Otomano hasta nuestros días, un panorama
de enfrentamientos y revueltas, tramas secretas y dictaduras
que abarca desde Siria al Líbano, pasando por la diáspora en
Arabia, Europa y América. Algunos textos
especialmente interesantes de este mosaico:
"-¡Santa María, oye mi ruego! Pongo en tus manos esta alma
dulce que murió inocente. Inocente -repitió Samia, alzando
la voz-, porque siguió el amor. Su corazón latía por Jesús,
que nos enseñó a amar a nuestros enemigos, y entonces
vinieron los asesinos y la mataron por amar a un extranjero.
¿Y ahora nos piden que recemos por los asesinos, que matan a
los amantes en nombre del honor? ¿Qué honor es ése? ¿Qué
honor es? -gritó Samia con voz rota y mirando al obispo,
que, en el altar, se había convertido en una pálida figura
petrificada-, ¿Qué honor es ese que no busca a los hombres
en el campo de batalla, sino a una mujer a la que desprecian
por completo? ¿Qué honor tienen los asesinos que me han
arrebatado a mi hija, que me la han robado para siempre?
¿Quién les otorgó el derecho de poner fin a una vida? ¿La
religión? ¡No! Una religión que separa a las criaturas de
Dios es obra del diablo. (...) El obispo prosiguió
valientemente el oficio antes del cortejo fúnebre. Y cuando
la vieja ama de llaves del obispo tronó contra Samia durante
la cena y la llamó 'vieja loca', la respuesta del obispo la
sorprendió más aún que la encendida alocución de la viuda.
-Samia Shahin me ha enseñado más con su discurso que cinco
años de Teología- dijo" (pgs. 158-159).
"Nagib miró a su hija de reojo y se echó a reír. -¿Por qué
el amor tiene que estar ligado a la posesión? -preguntó, y
sacudió la cabeza. Luego calló un rato, como si se
preguntase qué podía añadir. Claire le dejó tiempo-. Hay que
vivir relajadamente -prosiguió él-. El amor debe
elevarte. Te hace capaz darlo todo sin perder nada. Esa es
su magia. Pero entre nosotros la gente quiere firmar un
contrato matrimonial con testigos. Imagínate, con testigos,
como si se tratara de un delito -repitió lentamente, para
que ella entendiera bien hasta qué punto era ridículo--. El
Estado y la Iglesia vigilan el contrato. Eso no es amor, eso
es un mandato de reproducción emitido por las instancias
superiores. -Sonrió a sus propias palabras-. Y hasta el
último idiota, que no sabe sumar dos y dos, sabe que cuando
quiere a alguien no sólo quiere poseer su alma, sino también
su cuerpo. Vigila celosamente que ni su corazón ni su
cerebro, ni su hígado ni su estómago ni su... -titubeó-
bien, ya me entiendes, sean tocados por ningún pensamiento,
sentimiento o mano ajenos. Los celos y la desgracia están
programados. Se quedaron sentados en silencio y Claire
contempló a su padre, que tomaba su helado sonriendo. «Qué
hombre tan sabio», pensó. Le pareció un visitante de otro
mundo, alguien que había encontrado la paz. Ella misma
pensaba de otro modo, a ella sí le importaba que alguna
mujer soñara con su prometido o él se le insinuara. Una
semana después de la conversación en la heladería, su padre
fue detenido. Había estafado grandes sumas de dinero al
banco en que trabajaba desde hacía cinco años. Pasó muchos
años en prisión, hasta que una intervención del patriarca
católico dio fruto. Pero jamás fue absuelto. Ni siquiera por
su mujer. Pero eso a Nagib le era indiferente" (pg. 196).
"Laila consideraba que el boxeo era el deporte más necio.
-En él, los hombres elevan ala categoría de arte su
inclinación a pegarse -decía cuando Farid le hablaba de
cómo él y su abuelo habían presenciado en primera fila un
combate de boxeo" (pg. 270)
"Todo aquello poseía la atracción
magnética de lo prohibido. Por razones de seguridad, tenía
como todos los demás un alias y acudía regularmente a
sesiones de instrucción. Allí sólo encontraba chicos que,
como él, procedían de familias ricas. Los escritos de los
comunistas hablaban de trabajadores y proletarios, pero en
todos esos años él no conoció ni uno. Eso no le gustó. ¿Por
qué en Rusia, Inglaterra y Alemania los trabajadores podían
salir a la calle tan conscientes y combativos, iniciar una
huelga e incluso formar algo que llevaba el nombre de
movimiento obrero, y en su tierra andaban temerosos y
serviles de casa al trabajo y del trabajo a casa? Cuando
propuso en su célula del partido ilustrar a los trabajadores
sobre el comunismo, le advirtieron que no lo intentara
siquiera, que sólo conseguiría asustar a la gente. Habló de
ello con los miembros de su antigua banda, Rasuk, Azar,
Suleimán y josef, y no obtuvo más que un rotundo rechazo.
Josef fine el único que le compró la revista ilegal del
partido, Juventud. Los otros ni siquiera quisieron
tocarla. Pero Farid sentía que ése era el camino correcto.
En los primeros años estaba lleno de impaciencia, y creía
realmente que la Revolución estaba en puertas. En sus sueños
de vigilia, se imaginaba asaltando junto a Rana algún
palacio, en el que sorprendidos dictadores, señores
feudales, y curiosamente también sacerdotes católicos,
pedían clemencia. Se le llenaban los ojos de lágrimas ante
la idea de plantarse ante los vencidos, mostrarse clemente
con ellos y enviarlos a todos a una comuna agrícola, para
que de una vez tuvieran que alimentarse de los frutos de su
propio trabajo. Pero cuando hacía la menor alusión en ese
sentido a Josef, éste se reía de él. «Mal cine ruso», era su
lapidario comentario. (…) Durante esas semanas pasó largas
noches en vela pensando en por qué los hombres no
luchaban por su liberación. Los principios del
socialismo que él había leído eran reveladores, y no estaban
lejos de las ideas de Cristo..."
(pgs. 488-489).
¿Qué lleva entonces al éxito el
sempiterno recurso del amor prohibido, la vieja trama
presente en todas las culturas y encarnada por celebérrimos
amantes desgraciados como Romeo y Julieta en Occidente, y
Maynun y Laila en el imaginario romántico árabe? Quizá la
respuesta hay que buscarla en la pericia narrativa de un
autor en evidente plenitud, capaz de injertar estilos
diferentes, y envolverlos con mimo en los
grandes dilemas que atribulan al hombre, para contar no sólo
la tragedia y el triunfo del amor, sino también para dibujar
con un trazo lacerante el devenir de
los árabes a lo largo del siglo XX. En la novela de Schami,
a la que el narrador sirio dedicó tres décadas de su vida y
numerosos borradores que jamás fueron leídos, se condensan
las obsesiones universales que este químico inmigrado esbozó
en su primera gran composición, Un puñado de estrellas,
novela de tintes políticos aparecida en 1987: en aquel
"diario de un joven damasceno", trufado de elementos
autobiográficos -recurso que se repite en El lado oscuro
del amor-, Schami ya contraponía la amistad y la
traición; la acción política y el escepticismo; la
corrupción y el falso patriotismo árabe; la censura y los
derechos humanos; el conflicto social y la solidaridad
vecinal; la rancia moralina y los instintos naturales; el
valor y el miedo; el amor en toda su expresión versus
el odio irracional tribal. Todos ellos relucen ahora "en la
novela de su vida" hilvanados en una sucesión armónica de
estilos que se integran con maestría en casillas
irregulares, como si de un gran tetris literario se
tratase.
"La fe raras veces mueve montañas,
pero la superstición siempre mueve pueblos enteros" (pg.
527).
En El lado oscuro del amor, este
gusto del escritor por la diversidad narrativa alcanza el
paroxismo argumental y estético. A lo largo de los 300
relatos que integran los 28 capítulos que componen los nueve
libros en los que se divide la obra, el lector en ocasiones
se siente sumergido en una de las grandes novelas
hispanoamericanas, otras cree escuchar los ecos de la
narrativa oral de las mil y una noches; los cuadros
costumbristas del realismo europeo o el mejor tono de
denuncia de la literatura de combate. "Cada tesela debe ser
compacta y estar bien delimitada; la poesía emerge al
unirlas, al combinar los colores", argumenta Schami.
"fue a ver a Laila, y le sorprendió
encontrar la casa llena de visitas: más de doce mujeres que
bromeaban y hablaban todas al mismo tiempo. La prima de Fase
movía entre ellas como una reina, y todas la adoraban.
Entonces, una de las presentes pronunció un breve discurso
sobre la mujer árabe en la época preislámica. La oradora
hablaba de manera muy
confusa. Además, muchas frases eran terriblemente complejas,
pero Rana entendió al menos que antes del Islam las
mujeres del desierto elegían ellas mismas a su pareja.
También se sentaban entre los hombres, intervenían en las
conversaciones y no llevaban velo. Los hijos recibían el
apellido de la madre, y no el del padre. Al profeta Mahoma
se lo llamaba la mayoría de las veces por el nombre de su
madre, y raras veces por el de su padre. Por eso se llamaba
Muham-mad bim Amina. El hombre siempre se unía a su
compañera, y no al revés. La mujer podía separarse de él
cuando dispusiera. Era muy fácil, no tenía más que cambiar
la orientación de la entrada de su tienda. Y una cosa más:
podía casarse hasta con diez hombres. A eso se lo llamaba
matrimonio comunitario" (pg. 593).
"La felicidad consiste muchas veces en aplazar la
desgracia" (pg. 545).
Es quizá en esta última celdilla
reivindicativa del gran panal donde mejor se percibe la
madurez compositiva de este autor árabe que ha renunciado a
la versatilidad de su lengua materna para enjaular la
disección de su cultura de origen en la aparente rigidez del
verbo germánico. Su pluma se afila para dibujar una acerada
y elegante crítica de la sociedad árabe, alejada de los
estereotipos a los que estamos acostumbrados en Occidente.
Disfruta del privilegio de la equidistancia que le otorga su
propia experiencia como emigrado. La acción sucede en la
Siria de la primera mitad de la pasada centuria y en el
Damasco del socialismo árabe y los golpes de Estado. Pero
igual podría haber sido El Cairo o Bagdad de aquellos mismos
días. Su relato rompe tabúes y desciende a la cotidianidad.
Los conflictos religiosos quedan relegados y cobran
protagonismo las tradiciones ancestrales. Lo que interfiere
el amor de Farid y Rana no son las creencias, sino el
linaje, "que desde hace dos mil años rige el día a día de
los árabes". La corrupción y la sevicia no entienden de
dioses, sino que parecen atributos innatos. El honor como
principio obsoleto no es patrimonio exclusivo de una
comunidad, sino que los árabes, tanto musulmanes como
cristianos, lo han colocado entre las piernas de las
mujeres, llega a decir el autor en uno de sus mejores
pasajes, mientras se dejan manipular por las potencias
extranjeras en sus propios países. La desgracia de los
árabes reside en su propia incapacidad y su vena cainita.
Dotado de una ágil ironía, uno de los personajes de la
novela asegura "comprender todas las desgracias de los
árabes" cuando "tres sirios ayudan a un francés corrupto y
cobarde a torturar a un compatriota".
"Ella lo consoló cuando él le confesó su
cobardía al no haber tomado las armas con los radicales.
Laila consideraba que su decisión era muy razonable. -Y la
razón -añadió es hermana de la cobardía. En tiempos de
guerra, a los hombres sensatos no se les ha perdido nada en
el frente. -Desprecio a los héroes que siembran la
muerte, aceptándola para ellos en vez de proteger la vida"
(pg. 671).
"Nayia estaba completamente perdida en su
familia. La única chica entre siete varones. Nadie le había
prestado atención, pero a los diecisiete se había casado su
primo y desde entonces tenía que atender a sus ancianos
padres y a cuatro hermanos solteros. Era sumisa y seguía a
su marido como el perro a su amo. Nayia leía en los ojos de
su esposo todos sus deseos y hacía como si ella misma
hubiera planteado la propuesta. Su marido la recompensaba
por ello. -Bravo, perrita, bravo -susurró Rana, y rió.
Salpicó a un gorrión que observaba curioso desde el alero.
El pajarillo salió votando como un rayo. -Y mi madre? Ahora
se entera de que mi padre no la quiere -le dijo al gorrión-.
Y tiene razón, ¿quién puede querer a una olla reluciente que
tintinea porque está vacía? Yo ni siquiera me siento como
una olla. Soy el cubo de basura de mi marido. Rió
entre dientes y trató una vez más de producir el arco iris.
Después de varios intentos, se inclinó por encima del
jazmín, en la baranda de la terraza. No se dio cuenta de que
el agua llovía sobre la calle. -Pero al menos yo sé que no
quiero a mi marido. Dunia me pone nerviosa con su artificial
afecto por el suyo. Dice que se sacrifica por él. Y cuando
le pregunto qué sacrifica se pone a farfullar, y lo único
que saco en claro es que se ha convertido en una mezcla
de buena ama de casa y puta barata" (pg. 677).
"Cuando la mariposa ve la luz por primera
vez, lo olvida todo salvo que puede volar" (Pg. 795).
"más allá del acto de venganza. Obtenía su fuerza narrativa
de la fascinación de una mujer que se había atrevido a hacer
como los cactus: sobrevivir al desierto y florecer después.
En árabe, la palabra «paciencia» está relacionada con
valor y resistencia, no con aguante. Sabr significa a
un tiempo paciencia y cactus" (pg. 822).
Pero aun así, Schami insiste en que El
lado oscuro del amor es, sobre todo, "una novela de
amor". Un ejercicio vital en el que desgrana una obsesión
personal: "El gran tema del amor prohibido en la cultura
árabe. El pasado y el presente árabe", asegura, "no pueden
comprenderse sin tener en cuenta la prohibición del amor".
El entorno político, la sucesión de dictadores, la
podredumbre de los servicios secretos no parecen más que
aditivos llevados al relato con la misma misión que
desarrollan en el mundo real, "subvertir. Pero eso no
convierte la novela en política... Esta novela pretende
hablar del amor cuando éste se encuentra en las peores
condiciones. Los militares, las cárceles y los políticos son
escenarios y requisitos ineludibles. Del mismo modo que el
agua aparece en una novela de pescadores, los partidos y los
políticos están presentes en los acontecimientos de mi
novela". Si, además, se logra deslizar un barniz didáctico,
el círculo se completa.
Nacido en
Damasco en 1946, año en el que Siria proclamó su
independencia de Francia, Schami es una celebridad en
Alemania, sin apenas eco en su tierra natal y con escaso
recorrido en el resto de los países que tejen el
complejo tapiz de tradiciones de Oriente Próximo. Ariete
de la denominada Migratenliteratur o literatura
inmigrante, sus libros, escritos en la lengua del país
que en 1971 le acogió para doctorarse en Química,
siempre han gozado del favor del público. Durante su
juventud colaboró como editor y co-autor de un diario
mural del barrio antiguo de Damasco. En 1971 se trasladó
a la República Federal Alemana para estudiar química. Es
autor de una larga producción literaria que comenzó en
1965 y que lo ha consolidado como uno de los grandes
narradores contemporáneos. En 1985 recibió el premio
Adelbert von Chamisso y al año siguiente el Thaddäus
Troll.
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