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El fin de la infancia

Arthur C. Clarke

Barcelona: Minotauro, 2001. 226 páginas

 

Resumen: El libro se inicia con enormes naves extraterrestres apareciendo de día sobre todas las grandes ciudades de la Tierra. Los alienígenas, que eventualmente se les llama superseñores, hacen contacto para anunciar sus intenciones benignas y su deseo de ayudar a la humanidad. Organizan sesiones de persona a persona (sin ser cara a cara) entre el Secretario General de las Naciones Unidas, Rikki Stormgren, y el líder de los superseñores, Karellen, a través de un cristal unidireccional para que Stormgren no pueda ver a Karellen, quien promete a los humanos revelar la apariencia de su especie en cincuenta años.

Cincuenta años después de su llegada, Karellen y sus tripulantes superseñores se revelan físicamente a la humanidad. Su aspecto es el de la tradicional imagen de los diablos con alas, cuernos y colas. Eran más altos que los seres humanos, y proporcionalmente más corpulentos. Muy sensibles a la luz del día, eran capaces de respirar el aire terrestre por breves periodos de tiempo. La actitud de Karellen hacia la humanidad estaba dividida entre piedad por su falta de moral y celos benignos por su habilidad potencial de trascender el universo físico. La tarea de Karellen como supervisor de la Tierra es la de una suerte de partera para que la humanidad pueda dar el salto a su siguiente nivel evolutivo: un apocalipsis en que los niños se transfigurarán a través de un tremendo desarrollo de las facultades psi.

El precio de estatus divino para los niños mutantes sería perder su identidad individual: no existe pronombre "yo" para las especies fusionadas. Aunque los superseñores tenían un coeficiente intelectual significativamente mayor y estaban más avanzados tecnológicamente que la humanidad, eran incapaces de dar este salto evolutivo ellos mismos. La tarea de Karellen había sido restringir las acciones de la humanidad para crear una sociedad estable de manera que, cuando de manera natural llegara lo que los superseñores llaman Breakthrough Total, un tremendo desarrollo de la percepción extrasensorial y la telequinesis por los niños, la humanidad no se destruya a sí misma.

Karellen también tenía la intención de aprender del último humano no mutante cómo esa especie lograba salir del capullo de la materia transfigurada con la esperanza de que eventualmente su propia raza pudiera saber lo suficiente para unirse a la entidad que llamaban supermente. Una vez que cada niño y niña perdió su alma biológica, dejó la tiranía de la materia detrás para alcanzar a las estrellas, y la humanidad ya no existía, Karellen se queda solo con sus pensamientos. La humanidad es la quinta especie que los superseñores ayudaron en el proceso de apoteosis.

Análisis: El fin de la infancia es una novela de ciencia ficción de Arthur C. Clarke. Originalmente publicada en 1953, luego apareció una versión con un capítulo modificado en 1990 debido a la naturaleza anacrónica del capítulo inicial. lo que pareciera en un principio una invasión se convierte en un misterioso tutelaje cuyo resultado final será una utopía en la que el ser humano, exorcizado de y por sus demonios, conocerá sus mejores días. Finalmente, al igual que en la obra de Theodore Sturgeon Más que humano, casualmente publicada un año antes (una constante en el maestro Clarke digna de estudio), serán los niños quienes protagonicen el siguiente salto evolutivo del Hombre, aportando de paso una segunda lectura verdaderamente escalofriante al título de la novela. El triunfo definitivo del nuevo y todopoderoso flautista hameliniano, registrado por el último hombre sobre la Tierra, constituye por única vez un falso final "no feliz" en el que el género humano consigue las estrellas, aunque a un precio difícil de digerir para el lector. El viejo orden debe morir para que el nuevo tome su lugar.

Aunque el desarrollo, ejecutado a través de unos personajes de escaso interés, no es nada espectacular, sí logra mantener la atención hasta el final, sostenido principalmente sobre el impredecible destino de la raza humana. La conclusión es sin duda lo que convierte a El fin de la infancia en una pieza interesante de la ciencia-ficción de todos los tiempos. Imaginativa y sobre todo tajante, está impregnada de cierto lirismo, pero no lograr apasionar.

Por encima de los diversos personajes y líneas argumentales que componen la historia, el verdadero espíritu de la novela se asienta sobre temas de mayor importancia. Arthur C. Clarke deja bien claro en esta novela que su bandera es el ateísmo. Señala con dedo acusador a la religión, la más común superstición del ser humano, como principal obstáculo para el avance de la especie, a la vez que propone a la ciencia como tabla salvadora de la humanidad, la cual no es más que un anónimo grano de arena sujeto a la irrevocabilidad de los grandes acontecimientos. Crecer es algo natural y ajeno a nuestras voluntades: el País de Nunca Jamás no existe.
 

Arthur C. Clarke

Sir Arthur Charles Clarke, CBE, más conocido como Arthur C. Clarke, fue un escritor y científico británico. Nació el 16 de diciembre de 1917 en Minehead (Inglaterra) y falleció el 19 de marzo de 2008 en Colombo (Sri Lanka). Autor de obras de divulgación científica y de ciencia ficción, como El centinela o Cita con Rama y co-guionista de 2001: Una odisea del espacio.

Su fama mundial se consolidó con sus intervenciones en la televisión: en la década de los '60, como comentarista de la CBS de las misiones Apolo; y en la década de los '80, merced a un par de series de televisión que realizó.También son conocidas sus famosas leyes de Clarke, publicadas en su libro de divulgación científica Perfiles del Futuro (1962). La más popular (y citada) de ellas es la llamada «Tercera Ley de Clarke»: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

En 1953 Clarke conoció y se casó con Marilyn Mayfield, una divorciada de 22 años con un niño pequeño. Se separaron permanentemente a los seis meses, aunque el divorcio no se formalizó hasta 1964.[1] "El matrimonio fue incompatible desde el principio", dijo Clarke.[1] Clarke nunca volvió a casarse pero fue un amigo muy íntimo de Leslie Ekanayake, quien falleció en 1977. Los periodistas que preguntaban a Clarke si era gay recibían como contestación "No, sólo soy algo animado" (gay en inglés significa también "alegre, jovial").[2] Sin embargo, Michael Moorcock escribió: «Todos sabían que era gay. En los años cincuenta yo salía de copas con su novio».[3]

Desde 1956 y hasta su fallecimiento vivió en la isla de Sri Lanka (antigua Ceilán), en parte por su interés por la fotografía y la exploración submarina, en parte por su fascinación por la cultura india. Se le otorgó el título de caballero de la Orden del Imperio Británico en 1998.

 

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